SER MADRE POR PRIMERA VEZ

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Este último año ha sido el más intenso de mi vida. Recuerdo cuando vi por primera el cuerpecito de mi hijo trepar por mi tripa en busca de mi pezón, y recuerdo como se engancho a él, como yo le hice un nidito de amor entre mi brazo y  mi pecho y como él enseguida encontró cobijo en él.

En aquel momento poco sabía yo de lo que significaba ser madre.

Las primeras semanas fueron muy duras por el ajuste de los ritmos, por el escaso espacio que dejaba el bebé que no paraba de succionar y succionar con el fin de poner en marcha la lactancia. Era agotador y todo transcurría en una especie de nebulosa en la que apenas era capaz de discernir que era realidad y que sueño, pero estaba acompañada. Acompañada por mi pareja, por mi madre y por amigos que traían regalos para el pequeño.

Pero todo pasó. Empezaron a irse, mi pareja de vuelta al trabajo, mi madre a sus quehaceres, mis amigos a sus casas. Todos tenían su vida tal cual la conocían, intacta, salvo yo que no sabía en que lugar se había perdido la mía.

Con un bebé al que apenas conocía, con miedo a que le pasase algo y a no saber como reaccionar ( yo ademas tenía un cachorro de mastín y dos gatos). Me fui adaptando como pude, dando todo lo que tenía en mi alma, sacando las reservas de energía que había acumulado durante el embarazo y sobretodo, sobreviviendo.

No sé cuanto tarde en pillarle el ritmo a la cotidianidad de nuestro hogar, pero acabé pillándoselo más o menos, siempre pensando que en algún momento esto acabaría y podría recuperarme, descansar y situarme. No hace falta que diga, que ilusa de mi, esto nunca llegó, porque simplemente, mi vida ya no ha vuelto a ser la misma. Sigue leyendo

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la maternidad y sus contradicciones

Hace ya algún tiempo que está de moda esto de la crianza con apego, reconozco que siento cierto rechazo cuando alguien me pregunta como estoy criando a mi hijo, o me dice que el está criando con apego al suyo. Como si la maternidad fuera algo que se pudiera etiquetar, catalogar, como si todo el foco estuviese puesto en mostrar la parte romántica e idílica y nadie fuese capaz de hablar de la parte “oscura e innombrable” que todos los que somos padres sabemos que existe.

Empiezo a oir demasiadas veces estas dos palabras juntas y no hago más que observar niños con desapego por todos los sitios. Niños que se adaptan a la guardería desde el primer día, que no “echan de menos” ese calorcito de mamá porque quizás nunca llegaron a tenerlo. Madres que me cuentan los beneficios de este tipo de crianza y a las que veo todo el día publicando cosas en facebook, o cada dos por tres con el móvil en la mano y con el estado “en linea” en el perfil de su watsupp.

Yo no sé si crio con apego a mi hijo o no, sólo sé que sólo puedo ofrecerle lo que soy y que mi manera de criar tiene que ver con mi consciencia, con mi manera de vincularme a los seres que amo, con mi entrega, compromiso, dedicación, capacidad de renuncia…

Cada vez con más frecuencia soy testigo de como los libros o los cursos para padres sustituyen a nuestro instinto como mamiferos, teoria, teoria y más teoria.

Mi hijo ve los dibujos porque yo se los pongo y a él le gustan, a veces se los pongo porque no puedo más y necesito que me deje respirar un rato, o terminar de recoger la cocina, otras veces porque el cansancio me puede y necesito descansar para volver a cogerlo entre mis brazos y achucharlo con energía renovada y otras veces vemos los dibujos juntos, sentado en mi regazo mientras yo no paro de olerle su cabecita y impregnarme de su olor a inocencia y vulnerabilidad mezcladas.

Mi hijo sigue tomando pecho despues de catorce meses porque él me lo sigue demandando y yo soy incapaz de negarle una necesidad así, un derecho, sin que por eso no haya veces en que piense que se me hace muy pesado seguir amamantándolo o sin que eche de menos ponerme un sujetador sexy como los que llevaba antes.

A veces me siento la mujer más feliz del mundo siendo madre y otras veces siento que no sé soy feliz siéndolo y dudo  si me gustaba más mi vida de antes.

A veces me falta tiempo, horas para estar con mi hijo, y otras me sobra.

A veces cocino con todo mi amor, busco comprar las verduras lo más ecológicas posible y otras compro una bolsa de gusanitos para que este contento y dusfrute de comer “guarradas” de vez en cuando o para que me deje charlar con una amiga diez minutos.

No sé si esto es ser buena madre o criar con apego o no, pero es criar en coherencia a lo que soy, con mis contradicciones incluídas, con mis puntos fuertes y con mis flaquezas. Es criar tal cual soy y lleva tiempo aceptar que una no es perfecta y que jamás va a serlo, y es más que seguramente parte de la adolescencia de nuestros hijos se base en escuchar como nos echan en cara todo aquello en lo que no estuvimos acertados, pero es parte del trato, va implícito en ello.

Es duro reconocerse en las sombras y mucho más duro es aceptarlas y abrazarlas, pero es el único camino hacia la paz en una, y por lo tanto hacia la paz en nuestros hijos

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Crisis y duelo al año

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Llevo tiempo pensando en escribir, en compartirme. Llevo tiempo pensando en muchas cosas que no hago, que pospongo y que justifico en el  hecho de que soy madre y no tengo tiempo para nada. Parece ser que decir que eres madre y no tienes tiempo para ti es algo que hemos aprendido todas o casi todas, que queda bien, que es aceptado y que te hace sentir que realmente lo estás haciendo bien, que eres buena madre y que estás en el buen camino. Esta es una de las primeras “verdades” que a mi me ha hecho polvo. Ser madre igual a renunciar a todo a renunciar a ti. Cuanto más renuncies a ti y más te entregues a no sólo el niño, si no marido, perro, casa, trabajo, mejor madre y mujer serás.

Hace catorce meses que dí a luz a nuestro hijo. Los primeros meses fueron los típicos del caos, de ir a saltacaballo, apagando fuegos como se podía, pero claro, los primeros meses te los perdona cualquiera…es normal, los primeros meses son así te dirán, el problema es cuando van pasando uno, dos, tres y cuatro meses más, y tú, sigues parecido o peor. Recuerdo que yo al principio pensaba que esto en algún momento pasaría, y que yo volvería a recuperar mi vida de antes, mi pareja, mis espacios, y sí, con nuestro bebé, pero que yo sería la misma y mi vida también, ahora pienso si realmente me había fumado algo o que coño había hecho yo en todos esos años de terapia y talleres de crecimiento personal.

La verdad es que da igual, lo que te hayas preparado, lo asentada que esté tu pareja (hombre esto ayuda no lo voy a negar) lo segura y agusto que te sientas hasta ese momento contigo misma, la meternidad te dará semejante tortazo que te pasarás en el mejor de los casos un largo año o dos o tres o que se yo aún, como si la NASA te hubiese mandado a una de sus expediciones a Marte, es decir, perdida, desconcertada, sin referencias y muy asustada.

Los primeros meses soporte el caos de no saber, de chillar, de ataques de ansiedad, de llorar…pero claro algo tenía que hacer para salir de esa situación que empezaba a ahogarme, así que sin darme cuenta me puse a decidir y a actuar. Y lo peor es que actúe y decidí como si estuviese segura, como si esté no fuese nuestro primer hijo sino el tercero o cuarto.

Trataba de dar una imagen de saber lo que me decía incluso me lo quería creer, de ser una madre segura y centrada, pero por dentro me sentía desnuda, vulnerable y expuesta. Cualquier conversación me hacía sentir como si fuera una niña en el primer día de colegio sin saber que decir o que responder, y ya no digo nada si la conversación giraba en torno a la crianza.

El primer golpe para mi ego fue ver que yo esa mujer tan segura de mi misma, tan coherente y consciente, con un gran bagaje psicologico, me sentía como una auténtica mierda, perdida, insegura, asustada, superada, cansada.

Pero reconozco que yo no pude aceptarme verme así, me endurecí y tiré para adelante a base de la fuerza interna que tengo, de una voluntad de hierro y de miedo, mucho miedo.

Desconectada de mi, empecé a actuar inconscientemente como esa madre idealizada que habitaba en mi, que había visto en otras mujeres, de mi familia, de mi entorno.

Empecé a dar más de lo que podía, a no reconocer mis límites, y a autoexigirme más y más, pero cada vez me sentía peor, peor conmigo misma, peor con mi hijo y peor con mi pareja, a la que empezó a caerle también todo este chorreo de exigencias, demandas insaciables y dolor envuelto en forma de rabia.

Hasta que hice catacrón, caí. Y entonces empezó a dolerme todo el cuerpo, el alma. A sentir que ya no podía más, el cansancio era infinito y ya no me recuperaba ni tan siquiera con descanso, era emocional, era hora de mirar a mis fantasmas, era hora de empezar a aceptar la madre que soy, que quiero ser…y no la madre que idealicé.crisis